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Sobre Pablo Del Barco

Ocurre de vez en cuando. Alguna vez sucede que, sin saber muy bien la génesis del acontecimiento artístico, la imbricación de los lenguajes creativos deviene en un clamor silencioso. Un murmullo capturado por el tránsito de los colores a través de los tejidos del lienzo, que se rebrinca a cada golpe de letra, con la sangre de toda caligrafía. Hablamos, claro está, de la pintura que se emancipa en racimo de letras navegantes, o de pinturas que devoran, en baile infinito de veladuras, las imposibles sintaxis, los recónditos alfabetos de la memoria. Ahora carne de poema que jamás será dicho. O sí.

Todo esto, pero también muchas cosas más, vive, a nuestro juicio, en la obra de Pablo del Barco. Una obra enorme, por lo extensa y porque todavía no ha tocado fondo en la profundidad de su apuesta verbo-visiva. Libros, experimentación poética singular, grafismos, poesía de los signos, pinturas, etc., ilustran cuanto aseguramos. La nómina de sus trabajos, amén de ejemplar, es claro exponente de una trayectoria dilatada y brillante. Pablo del Barco ahorma la vertiente literaria, la pulsión de los versos, en la caja de los sueños rotos. Los mundos, ahora su mundo, reniegan por la ausencia de sensibilidad, por la torpeza que oculta el bello rostro de la cultura, o tal vez, también, la sutileza de la caricia infinita de la creatividad generosa. Su poesía es fuerte, sensual y comprometida.

Su voz es constante, arriesgada y profundamente irónica. La alquimia, en el matraz elocuente de las páginas encendidas, destila, gota a gota, un perfume que sabe de honduras, de pensamientos colegiados y de pasiones aún emergentes. Es su forma, sus formas de decir un verso que abraza, con sabiduría, el tránsito de la historia, para acercarnos al bosquejo último del futuro, o de la actualidad. Los versos, sus versos. Sus pasiones elementales pero compartidas por la generosidad del decir abierto y sin límites. Desde el verso, desde la historia, desde el aprendizaje permanente de los maestros y de los sabios, la zozobra decanta la nave hacia la ribera de un nuevo sueño: la imagen. Imagen de textos, texto de imágenes. Colores que dicen y palabras que pintan en frenética síntesis y coincidencia. La subversión de los lenguajes a favor de un mundo nuevo que se descubre fragante. Se perpetúan unas viejas hablas a través de la mirada imposible de los nuevos ojos, deslumbrados por la gracia de la luz y del color. Poemas para mirar, para comprender que la palabra ya no vive sola. Matrimonio de voces convergentes en islas misteriosas, repletas de color y de formas. Voces que se desdibujan, como las hondas de un mar bravo, en el envés del lienzo que las asume. Diáspora de los sentidos. Urgencia de confusiones. Visión y visiones. Cantos de sirena que atraen la mirada incrédula del niño bueno y obediente.

Nuestra mirada. El canon, ahora, un fugitivo desesperado.

Todo esto y mucho, mucho más, nos lo procura Pablo del Barco. Más de tres décadas laborando cerca del río, del río de la existencia. Su ironía, ya lo hemos referido, resulta requisito indispensable para contemplar fragmentos de vida y de realidad, sin desmayar en el intento de tomar serias posiciones. Por lo menos, de resistencia activa. Y su eficaz magisterio se ha ejercido desde las aulas universitarias, pero también desde el compromiso con la edición de libros, y con la arriesgada dirección de galerías de arte, incluso la dirección de una factoría, la del Barco.

Tomamos prestadas las palabras de Gustave Le Bon cuando asegura que las voluntades débiles se traducen en discursos; las fuertes, en actos, para asegurar que la vida de Pablo del Barco está construida por acciones sin término, por ilusiones siempre renovadas, y por el coraje útil que resta dificultades para sobrevolar los espacios del rigor y de la fantasía. Así, como quien no quiere la cosa. Un día tras otro. Un tiempo, de abrazo amplio, para cobijar proyectos que acabarán perteneciendo a todos. Arte para los discursos de la armonía.

j. sou , Universidad de Elche

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